Artículo publicado el 10/07/2006 Ultima actualización el 09/07/2006 22:26 TU
El formidable rendimiento de la selección nacional de Francia había despertado entusiasmo y esperanza en un país que atraviesa una crisis de confianza. El talento individual, la disciplina colectiva y la cohesión de sus jugadores dieron el ejemplo en una sociedad que busca definir los nuevos perfiles de su pacto social. La final del campeonato era mucho más que un acontecimiento deportivo y el país entero se puso a soñar con un trofeo conquistado en la capital de su más importante vecino. La calle parecía dejar de ser escenario de protesta y cólera para convertirse en espacio de confraternización y júbilo. En el corazón de la gesta, un jugador de 34 años, que había renunciado a su merecido retiro para salvar a una selección amenazada por el auge de nuevas potencias. Por eso la derrota ante Italia deja el gusto amargo de las empresas inacabadas. Nadie les quitará la gloria de haber llegado a la final. Pero el gesto antideportivo de Zinedine Zidane y su justificada expulsión entrarán a la historia negra del fútbol y alimentarán la fobia de quienes piensan que el más popular de los deportes es sólo expresión de pulsiones primarias y de pasiones violentas.
El ritmo del partido se aceleró tempranamente con un inesperado penal que el correcto árbitro argentino cobró sin vacilaciones. Lo ejecutó Zidane con su acostumbrada mezcla de fineza, audacia y suerte. La pelota rozó el travesaño de Buffon, tocó el césped interior del arco y volvió a salir. Francia ganaba 1-0 cuando sólo habían transcurrido siete minutos. Los italianos aumentaron la presión, forzando un dispositivo táctico concebido para frenar los ataques contrarios. Doce minutos después Materazzi impuso su gran estatura para vencer a Barthez con un impecable cabezazo. Desde entonces, Francia dominó mejor el balón y creó más situaciones de ataque, pero un Henry con frecuencia aislado o descolocado careció de eficacia y sentido de la oportunidad. En el segundo tiempo, un desgarramiento muscular forzó la salida de Patrick Vieira, quien fue remplazado por Diarra. Sólo al final, el técnico francés se decidió a hacer entrar a Trezeguet y Wiltord. Ya era demasiado tarde y el espectro de los penales planeaba sobre el destino del partido. Poco antes del fin de las prolongaciones, un cabezazo de Zidane derribó a Materazzi y selló el fin de su carrera. Los franceses no sólo perdieron a su capitán, también la brújula y quizás el aplomo para ejecutar los aleatorios tiros de once metros. Ni Buffon ni Barthez pudieron lucirse. Pero el travesaño fue cruel con Trezeguet. Francia conquistó el segundo lugar pero no pudo vencer a sus propios demonios.
Por Fernando Carvallo
Titulares
Otros títulos
Análisis de la noticia
17/02/2010 11:12 TU
17/02/2010 10:47 TU
RFI le propone