por Hernán Rivera Mejía
Artículo publicado el 24/04/2009 Ultima reactualización 24/04/2009 08:25 TU
“Waldo Rojas no es un poeta natural que haya crecido como un árbol o que escriba como canta un pájaro…”, ha escrito Enrique Lihn sobre este poeta, chileno como él, que nació en Concepción en 1944, en la llamada “puerta de la frontera”, la región entre el Chile colonial y las tierras mapuches. A los cinco años, con su familia, se afincó en Santiago. Su abuelo paterno era un impresor anarquista y sus padres maestros comunistas, razón por la cual de niño dispuso de una buena biblioteca. “Leía una novela diaria, era una especie de vicio hasta los 15 años. Después comencé a interesarme en la poesía". En ese entonces quería ser arquitecto, pero la persecución política de su padre y su asesinato por la policía lo llevaron a abandonar esa vocación. En la Universidad de Chile estudió después Historia, participando tanto en la rica vida cultural de los años 1960-70 como en una agitada vida bohemia.
El autor de Príncipe de naipes, Cielo raso, Almenara, Deber de urbanidad y otros libros, no es un autor prolífico. Él dice que en más de treinta años de ejercicio poético habrá escrito unos cien poemas, siempre con una misma idea de base: “lo que me ha interesado es una cierta idea de la poesía y no alejarme de ella. Y esta idea consiste en que un texto literario es una construcción, que un poema tiene que ver primero con la poesía y la literatura antes de tener que ver con cualquier otra cosa. El poema se construye duramente, difícilmente, con un trabajo consciente, y va dirigido a una parte que uno mismo no sabe cuál es. El poema sabe más que el poeta. El poema aporta al universo del lenguaje un decir que no existía antes".
En 1974 Waldo Rojas llegó exiliado a Francia, país en el que vive desde entonces, y donde es profesor de Historia en la Universidad de La Sorbona. “La condición humana se parece más al exilio que a otra cosa y hay algo de vocación de exiliado en cada escritor. Una suerte de extrañeza frente al lenguaje”, dice, antes de subrayar que en el caso de su poesía hay también siempre en ella “una mirada del texto hacia sí mismo”, un efecto de espejo.
Tras doce años de exilio y premunido de un pasaporte francés, Waldo Rojas volvió a Chile, experiencia que fue muy dura para él. “Fue bastante traumatizante recuperar la memoria de los lugares y de todo lo que había sido o no había sido para mí. Todo aquello fue bastante duro”. A su regreso quiso escribir sobre París y así nació Deber de urbanidad.
Situándose entre el mundo francés y el mundo chileno, Waldo Rojas ha traducido al castellano una antología de la obra de Francis Ponge y la poesía en francés de su compatriota Vicente Huidobro. En el terreno del ensayo ha publicado: Poesía y cultura poética en Chile. Aportes críticos.
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